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Abre los ojos:

- ¿No escuchas nada?
 - Tus palabras y el sonido del viento 
 - Abre bien los ojos y destapona tus orejas
 - No veo más que lo que tú ves y no escucho más que tus palabras y los suspiros del viento.
 - Cierra los ojos y agudiza los oídos. Tómate tu tiempo. Sin prisas. E intenta percibir los ecos de unas espuelas que resuenan más allá del viento.
 - ¿Espuelas? ¿Te refieres a espuelas de jinetes? 
 - A eso me refiero. ¿Las oyes? 
 - No oigo nada. ¿Te encuentras bien? Apenas has dormido y has desayunado muy poco. ¿No estarás indispuesto? 
 - Me encuentro muy bien. Nada me duele. Pero si siento una extraña ligereza. Es como si de ayer a hoy hubiese perdido mucho peso. Mis piernas más que andar quieren correr. ¿Correr he dicho? En realidad mis piernas y todo mi cuerpo estan a punto de despegar y volar.
 - Paremos unos minutos. Bebe un poco de agua, come algo y descansa…Perdona, pero ¿no habrás fumado algún canuto ?
 - No seas tonto. Me encuentro bien. De verdad. E insisto, cierra los ojos e intenta percibir los ruidos de tu entorno. Estoy seguro que aparte del rugido del viento oirás otras voces, algunas cercanas, muy nítidas y otras, muy confusas, lejanas.
 - Por favor, déjalo ya. No me asustes. Sigamos el camino. Además este lugar no me gusta nada de nada, aquí no hay nada que merezca la pena ver. Llevamos varias horas caminando sobre tierra quemada; sólo hemos visto zarzas y matorrales, algún cerro aislado y unas cuantas aldeas desoladas durmiendo la siesta bajo un sol abrasador. Este camino de tierra me está calcinando los pies.
 - Deja de quejarte y disfruta del paisaje. Es lo que intento decirte desde hace unos minutos. Ves lo que ves, pero no todo lo que hay, y mucho menos todo lo que envuelve este espacio aparentemente desabrigado y solitario. Prueba de nuevo. Pero esta vez quítate la mochila, siéntate cómodamente y cierra los ojos suavemente. Cuando te sientas muy relajado, abre los ojos lentamente, pero no los que tienes sobre tu nariz, sino los que tienes sobre tus párpados.
 - ¿Sobre mis párpados? ¿Estás de coña? ¿Estás tomando algo que no debieras? Sabes a lo que me refiero: drogas, alcohol, pastillas, no sé; ¿no estarás perdiendo la razón? Si es algo de eso, por favor, dímelo. Quizás debería de verte un médico. Me inquieta tener que hacer el camino con un tarado. Posiblemente con algo de cena y un buen descanso dejarías de alucinar y de decir sandeces…
 - ¡Estoy perfectamente! Hacía tiempo que no me encontraba tan bien. Y no seas pesado ni saques conclusiones falsas. Sólo te estoy pidiendo que veas y escuches más allá de lo que tus ojos y tus oídos creen ver y oír, que te olvides de lo que eres, de dónde estás y en qué tiempo estás viviendo, que abras los ojos de tu imaginación y te pongas a sentir y a soñar. Mira, una fuente. Un lugar idóneo para descansar.
 - De acuerdo. Haré lo que me pides. No sé lo que pretendes, pero, por no aguantarte más, te seguiré el rollo. Aunque te advierto: no conseguirás que vea ni oiga más allá de lo que mis ojos, los únicos que me reconozco, y de lo que mis oídos, algo disminuidos por la cera, son capaces de percibir en estos parajes que nos rodean… 

 Lleva lloviendo varios días. La lluvia persistente penetra sin disimulo nuestras harapientas ropas: unas camisas que perdieron hace mucho tiempo su color original y unos pantalones raídos que sólo llegan hasta el inicio de las pantorrillas, y como calzado, unas zapatillas de cuero de cabra, que al principio  sólo nos protegían de la crudeza del camino y desde hace muchas etapas ya no nos resguardan de nada. 
Llevamos a nuestras espaldas unos deshilados macutos en los que no guardamos más que un poco de queso, unas cuantas nueces, algo de tocino y un trozo de pan duro. El Camino es muy largo y nuestras fuerzas muy escasas. Nos levantamos de nuestro lecho de hierba antes del amanecer e iniciamos el camino con las primeras luces del alba. No tenemos prisa. Nadie nos espera ni de nadie huimos. Nos hallamos cerca del ocaso de nuestras vidas y quisiéramos llegar a nuestras horas postreras habiendo cumplido con nuestro viejo sueño de dejar nuestras tierras, abandonarlo todo, trabajo y miserias, y emprender el Camino de los caminos, aquel que conduce a Santiago, hasta que las fuerzas no respondan y a la vida le dé por buscarnos un tierno lecho en donde puedan reposar para siempre estos desgastados huesos. Nos alimentamos de lo que encontramos por el camino y de lo que buenamente nos ofrecen algunos solidarios peregrinos. No está siendo un camino fácil. No son los aguaceros, ni las gélidas mañanas ni los sofocantes calores de la tarde, ni pasar la mayor parte de las noches a la intemperie, ni siquiera el hambre, lo que más nos preocupa, sino las luchas entre los Señores de Castilla. Todos los días nos encontramos con más de un siervo o algún caballero con sus entrañas al aire, como pasto de gusanos o banquete de buitres, por estos caminos de ermitas, posadas y hospitales. Y en más de una ocasión hemos sido testigos presenciales de tan macabras carnicerías, incluso hemos sido amenazados por lanzas y espadas por mostrar enérgicamente nuestra indignación. Sólo la protección del apóstol, y la indulgencia de algún caballero, ha evitado que nos sumáramos a formar parte de los manjares de las alimañas. Nunca entenderemos como de las personas puede salir tanto amor y tanto odio. Hemos hecho un largo camino desde que, hace unos meses , cerramos sin llave la puerta de la choza en la que crecimos y nos sirvió de cobijo. Quizás ahora le sirva de abrigo a algún forastero cansado de andar y de no tener un rumbo fijo. Empezar a andar, era lo que queríamos, dejar de mirar los mismos campos, las mismas lomas y los mismos barrotes y de sentir las mismas añoranzas en el día tras día. Creíamos en un mundo más allá de lo que nuestros ojos veían, más allá de los horizontes que estrechaban y estrangulaban nuestras vidas. Y una mañana, nos miramos a la cara , y sin decir una sola palabra, comprendimos que había llegado el momento. Lo adecentamos todo, reunimos el ganado y lo dejamos a buen recaudo. Recogimos nuestras mejores prendas, los escasos alimentos que quedaban y un par de cantimploras. Sin dinero, con nuestras pobres alforjas llenas de sueños y con la ilusión de quien tiene mucho que ver y nada que perder, dejamos atrás nuestra casa, nuestros campos, nuestras lomas y muchos años de trabajo y fatiga. A pesar de que nuestra situación personal, en lo que se refiere a nuestras miserias, no ha mejorado nada, incluso diría que se ha resentido aún más, nuestro ánimo va mejorando cada día. En este poco tiempo hemos visto y vivido muchas cosa que jamás podríamos haber adivinado ni creído que existieran. Y no sólo nos hemos enriquecido en experiencias, sino también en nuestras ganas de vivir y en nuestras ganas de disfrutar de todas las cosas que, por pequeñas e insignificantes que parezcan, hacen de nuestro camino un lugar asombrosamente bello…

Estoy cansado. Necesito sentarme unos minutos. Mira ahí, en donde están esos peregrinos, hay una fuente y unas buenas piedras en donde podemos descansar… 
 - No soy capaz de concentrarme. Además, ¿Concentrarme para ver y escuchar qué? Mira esos dos viejos que se acercan. ¿Has visto que pintan tienen? Ni que llevaran siglos haciendo el Camino. Que sucios están y van medio desnudos. De dónde habrán salido.
 - ¿A qué peregrinos te refieres? No veo a nadie acercándose. Sólo estamos Tú y yo. No veo a nadie a nuestro alrededor.
 - ¿Estás ciego? No eras tú el que decías que hay que mirar más allá de lo que nuestros ojos ven…
 - Buenas tardes jóvenes.
 - Buenas tardes señores
 - Somos muy mayores y nuestras piernas reclaman reposo y nuestras gargantas agua fresca. Andamos muy despacio pero apenas nos paramos.
¿De dónde vienen ustedes? No quiero pecar de impertinente, pero nunca he visto vestimentas como las que llevan puestas, ni zapatillas tan raras, ni esas bolsas tan grandes y con tantos bolsillos y tan abultadas.
 - Somos asturianos 
 - ¿Del reino de Asturias? No lo conocemos, pero si hemos oído hablar de él. Ya hemos tenido la fortuna de tropezar con peregrinos llegados de esas tierras, que según me han dicho, no muy lejanas a estas tierras castellanas.
 - Asturias no es ningún reino, pero si pertenece a un reino, España.
 Asturias es una comunidad autónoma. Por sus miradas entiendo que no tienen ni idea de lo que les estoy hablando. También a mi me ha sorprendido verles con esas ropas tan extrañas y tan desaliñadas.
 ¿De dónde son ustedes? 
 - Venimos de Aragón. Allí teníamos unas pobres tierras, en las que sólo crecían las piedras, la soledad y la tristeza. Hartos y desesperados de trabajar sin ningún tipo de recompensa decidimos dejarlo todo y darle un nuevo sentido a nuestras vidas. Un día el destino hizo que nos encontráramos con un peregrino que de regreso de Santiago se dirigía a un pueblecito de Valencia, de donde había partido hacía unos años, dejando a su joven esposa y unos cuantos hijos, una hacienda y muchos sueños enterrados.
 Él nos habló de este camino, de las gentes que lo transitaban, de sus diversos orígenes, y de la gran espiritualidad con la que cada uno de ellos se enfrentaba a todas las vicisitudes, que no eran pocas, que se presentaban a lo largo de su recorrido. Sabíamos que iba a ser una empresa difícil de afrontar, pero cansados de ver siempre lo mismo, nos sedujo la idea de descubrir nuevas cosas, aunque algunas conllevaran grandes riesgos, como la muerte, por lo que hemos visto. No tenemos pensado regresar. Seguiremos caminando por este camino y por todos aquellos que quieran bien acoger a dos pobres viejos, que sólo quieren vivir lo que no han vivido y perecer un día, si el destino es benigno, en un frondoso lecho hecho de suaves hierbas verdes, de amor y del alma de todos los peregrinos que buscaron su descanso eterno en la ribera del camino.
 No quisiera aburrirles con mi perorata. Anochecerá enseguida y hemos de encontrar un refugio en donde pasar la noche. Empieza a hacer frío y no tenemos más que estas ropas para combatirlo. Y seguro que ustedes tendrán prisa por encontrar el suyo.
 - Esperen un momento. Por el aspecto que tienen seguro que apenas han comido. Aquí tienen este par de bocadillos de buen embutido de nuestra tierra y, por favor, acepten este par de camisas y estas zapatillas. No nos sobran, pero a ustedes les hace más falta.
 Ha sido un placer conocerles. Y que en el tiempo que les reste, la vida les bendiga con paz y con mucha sabiduría. 
 - Muchas gracias por vuestra generosidad y por vuestros buenos deseos. Y cuidad de vuestro cuerpo y vuestra alma. Sabed que hay partidas de sangrientos mercenarios al servicio de nobles codiciosos rondando por estas tierras. No sólo cobran injustos tributos, sino que saquean a todo el que encuentran por el camino Que la vida os complazca siempre. ¡Id con Dios! 

 Se alejaron lentamente, disminuyéndose con cada paso, hasta quedar envueltos en un halo transparente abrazado y ocultado por una suave brisa que despedía la tarde. Y las vio alejarse, absorto, aquellas figuras frágiles, apoyadas sobre frágiles palos que sorteaban frágilmente un suelo ondulado y pedregoso, bajo la mirada atenta de un cielo en penumbra en el que ya se divisaban los luceros más tempraneros… 
 - Despierta,
 – lo zarandeó hasta que abrió los ojos y volvió en sí
 - has estado en trance durante unos minutos. Hablabas en sueños con alguien con el que al parecer mantenías una conversación. Le hablabas de Asturias, de embutidos, camisas y zapatillas…
 - Perdona, no sé lo que me ha pasado, no entiendo cómo me he podido quedar dormido. ¿No has visto a dos enjutos viejos, ligeramente encorvados, con míseras ropas, descansando en este lugar, hace un momento? Juraría que tú estabas conmigo,
 - Yo no me he movido de aquí. No he visto a nadie. Pero no niego que tú los hayas visto. Es tu sueño. Has tenido que cerrar tus ojos para darte cuenta que tienes otros, mucho más grandes y de mucho más alcance. No los ignores, actívalos y explóralos. Están ahí para complementar los que ya conoces. Mientras estos no tienen libertad para ver lo que quieren y han de complacerse o resignarse a lo que la realidad les impone, aquellos serán los ojos de tu imaginación e impondrán la realidad que más te ilusione.
 - Necesito tiempo para comprender el alcance de lo que me estás diciendo. Quizás acabemos compartiendo nuestros sueños, y oigamos a la vez el resonar de unas espuelas que rompan el silencio de una noche de la Edad Media por estas tierras, o veamos el discurrir de dos viejos peregrinos que transitan en paz consigo mismos desde hace siglos por estos caminos.
 - Lo has comprendido.

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